Siempre te quejabas de que ni una línea se te escribía. Bueno, eres de lo peor, pues descontase mis interminables correos electrónicos y frases melosas en los mensajes de celular. No, tu querías "ser bloggueado". Nunca entendí por qué, pero heme aquí, un poco tarde... bien sabes que así soy.
Cuando me preguntaban por ti, la frase de presentación típica era "Mi amigo el werejo. El alto, el pobre imbécil que piensa que el reggaetón es arte."
Sin embargo no puedo dejar ni una vez más al mundo con esa vaga impresión de ti. Eras más, mucho más...
Si fueras palabra... ayer eras verso, hoy, elegía.
De verbo eras caminar, de autor Goethe, de profesión pintor. Tus andanzas son dignas de la más bella historia, misma que nunca me atrevería a escribir. Bueno... quizás algún otro día, con un poco más de corazón.
De pronto eras solemne al hablar, con todo y tu pésimo vocabulario, pero sonabas siempre tan intelectual, aún cuando dabas razones absurdas para justificar tus ideales y explicando tus malas bromas.
Más vanidoso y difícil que la peor de las mujeres, de eso no me cabe la más mínima duda. ¿Cuántas veces me arrebataste un espejo para contar tus propias pestañas?
Eras como un niño travieso y berrinchudo. O al menos, así lo fuiste conmigo. Cuando querías un beso, me lo exigías como un indignado de los monarcas... o si querías que saliéramos a pasear, no preguntabas, simplemente me jalabas de la mano y me obligabas a caminar sin chistar.
Corríamos innumerables pasos, saltábamos y nos tumbábamos sobre pasto fluorescente "igualito al chicle de espinaca de Popeye."
Ah... pero eras de esas personas guiadas por la brisa, siempre ligero y errante, saltabas de lugar en lugar como si no fuera la gran cosa. Viajabas y de pronto regresabas, ahora eras un salto en mi cama, exigiendo ir a desayunar a horas impensables. Amaba tus retornares, me iluminaban como una caricia de rayo de luna.
No quiero terminar de escribirte porque significa que me debo despedir una vez más. Así que dejemos esto como algo inconcluso y eterno. Como tu risa, suave y discreta, llena de locura. Como tus cuadros impresionistas y tus caminares de viajero. Como nuestras historias, de idas y venidas. Como tu voz, que siempre llevo en mis oídos diciendo "Patosa linda, te amo, te llamo al rato"
También te amo, patoso...¿cuándo es al rato?
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