10 jul 2009

Narrador se deprime (writter's block)

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Nunca hay nada bueno que hacer en un domingo en la noche; además de ver esas películas que pasan una y otra vez en los canales de paga de la TV o de alguna tarea de última hora que la conciencia dicta como necesaria de cumplir. Podría ser leer alguna cosa útil o interesante, ya saben, para eso están los libros: para llenarte de cultura, palabras nuevas y rimbombantes y dejarte contaminar con belleza o crudeza, dependiendo del nivel de amargura que haya tenido el autor de dicho libro. Sí, los escritores siempre están amargados en mayor o menor grado. Son demasiado conscientes de lo que pasa a su alrededor como para no estarlo.


Era uno de esos domingos, el reloj marcaba las nueve con treinta y cuatro de la noche. Demasiadas cosas en la cabeza como para elegir una y hacer algo al respecto. Estaba preocupada. Si nos basamos en esas lecciones veloces y no del todo precisas de la etimología, comprenderemos que estar “preocupado” es el momento previo a la ocupación. Preocupada. No, no puedo empezar mintiendo. Para ser preciso, no estaba del todo preocupada, había intentado ocuparse pero los demás pensamientos en su cabeza la habían alejado de la noble labor de estudiar un poco más sobre lenguajes de programación.


Para cuando el minutero hubo avanzado cuatro minutos más, ya había vuelto a ese estado de preocupación. Desplomada sobre una incómoda silla de escritorio, de madera clara y olor a viejo, era la perfecta imagen de lo que los mayores llamarían apatía juvenil. Y lo sabía perfectamente, pero pensaba que si su madre tenía sospecha de que su pequeño retoño era una jovencita apática y una torpe huevona, se sentiría frustrada  si le daba razones para asumir lo contrario. Porque las madres siempre tienen la razón, Amén.


Los ladridos de los muchos perros callejeros que rondaban la tranquila calle donde vivía le hicieron farfullar algo sobre un dolor de cabeza que le provocarían.

-¡Baja ya y cena algo, para que esas pastillas hagan efecto!-

No eran sólo los ladridos de perros de cuatro patas lo que terminarían provocando dolor de cabeza, al fin y al cabo. Se levantó de la silla con un suspiro ahogado y arrastró sus pies desnudos escaleras abajo a la cocina

-¿Sin calcetas de nuevo?¿No te interesa tu salud en lo más mínimo, verdad? Pero claro, tienes que llegar casi muerta a la casa para entender. ¡En serio que que crío tres niños!-

...

Tres minutos más.

-...y tu hermano, que cree que se gobierna sólo, llega a la hora que se le antoja. Esto no es hotel, más vale que lo esperes a que llegue y le digas eso. Pero cena algo más, por Dios. ¿Aparte de todo me vas a salir anoréxica? No, fíjate que eso sí que no, mi reina. Nunca en esta casa... ‘Ora sí! Sólo eso me faltaba...-


Los pies se arrastraron escaleras arriba mientras ella terminaba de succionar un cartoncillo de leche achocolatada. Misma que pronto acabaría en el cesto de la basura del mismo cuarto del que habían salido los pies y ahora volvían a entrar. Fueron recibidos por cuatro patitas peludas y saltarinas que, acompañadas por el más incansable de los jadeos, rasguñaban sin parar pies y piernas. El dueño de esas patitas era un perro de apariencia mugrosona y raza incierta que tenía como gracia saltar sin parar, jadear y mover la cola como reguilete en cuanto veía a la dueña de los pies desnudos. No nos pongamos románticos, la razón más lógica de su reacción no era cariño, simplemente esta era la persona que alimentaba cada noche al animal con croquetas y pollo frío. Era su diosa o su sirvienta. Imaginen la vida sin ninguno de los dos. Los perros son sabios: no sienten, pero saben lo que les conviene.


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